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Artículos de Prensa

 

LAS ISLAS VÍRGENES BRITÁNICAS

Un paraíso para el navegante

British Virgin Islands

Después de cruzar durante dos años una extensa parte del Caribe, recorriendo a bordo de nuestro velero “Heritage I” innumerables islas desde las Bahamas hasta Venezuela, hemos vuelto a una zona que no pudimos descubrir a fondo la primera vez que visitamos. Se trata de las Islas Vírgenes Británicas, unas 40 islas poco habitadas o deshabitadas y que forman un verdadero paraiso para el navegante o el charterista.

En estas aguas soplan constantemente los alisios, pero al encontrarnos rodeados de islas el mar está siempre calmado, y la navegación aquí es placentera y segura. Las islas se encuentran a máximo dos horas de navegacion a vela la una de la otra, lo que permite fondear en una bahía distinta cada noche y así descubrir la inmensa belleza y naturaleza de cada una de ellas. Las islas más importantes son Tortola, Virgin Gorda y Anegada.

Al haber estado navegando por estas islas durante varios meses, hemos decidido enfocar este escrito como un itinerario de dos semanas y abarcar los fondeos más atractivos y los paraísos subacuáticos más impactantes.

Empezamos en la capital, donde llegaremos ya sea desde el aeropuerto, a unos 15 km en taxi desde Beef Island, o en ferry desde St Thomas, en las Islas Vírgenes Americanas. Dependiendo del viento, podemos navegar hacia el Este o el Oeste. Si nos encontramos en días de alisios muy fuertes, sería más adecuado poner rumbo al Oeste. Es recomendable aprovechar los alisios más calmados para ir ganando Este.

Empezamos visitando la isla de Cooper Island, a una hora de navegación de Road Town, la capital de Tortola. La bahía más tranquila y bonita es la de Manchioneel Bay, con un resort en la playa. En el extremo oeste se encuentran unas rocas excelentes para el snorkel. Las barracudas más grandes suelen situarse justo bajo el casco de nuestro barco, a la espera de comida.

Seguimos al día siguiente navegando hasta Peter Island, pero hacemos una parada al oeste de Salt Island, donde - a causa de un huracán - se hundió en 1867 un enorme navío. Hoy en día es el mejor pecio para bucear del Caribe, ya que es posible entrar dentro del barco hundido a 30 metros de profundidad y admirar su tropical fauna y flora. Convertido en Parque Natural, es recomendable coger una boya y pasar allí un par de horas, el paisaje lo vale y también es un lugar ideal para hacer snorkel, observar miles de peces y el gran barco desde la superficie.

Continuamos hacia Peter Island. Para fondear Great Harbour y Little Harbour, rodeadas de frondosa vegetación, son las bahías más espectaculares y tranquilas. Desde Great Harbour es posible caminar hasta una de las más bonitas playas de la isla llamada Dead Man’s Bay. Un baño y un paseo por la inmensa playa blanca llena de cocoteros nos transporta inmediatamente al corazón del Caribe.

Al día siguiente, en dirección a Norman Island, nos encontramos con unos pináculos rocosos que emergen verticalmente del mar. Son The Indians, uno de los lugares para hacer snorkel más impactantes de todas las BVI. Es importante llegar a tiempo para coger una de las 10 boyas disponibles. The Indians y sus bellos fondos coralinos son morada de miles de peces multicolores, mantas, y algún tiburón de arrecife. Es necesario estar alerta, porque la cabeza de la popular tortuga verde aparece a menudo permitiéndonos acompañarla en sus inmersiones por la zona.

La noche la pasamos en la famosa y enorme bahía de The Bight, en Norman Island, fondeo muy seguro y protegido, pero con mucho ambiente nocturno. Es aquí donde se inspiró Robert Lewis Stevenson al escribir su famosa novela “La isla del Tesoro”, con cuevas donde los piratas de antaño escondían sus tesoros. Obligada es la visita al barco allí fondeado “Willy T”, una goleta convertida en bar/restaurante donde al anochecer siempre hay ambiente. Especialidad de la casa: los populares Painkiller, un cocktail a base de ron caribeño. También vale la pena una visita al restaurante Pusser’s en la playa, donde siempre hay música en vivo.

A la mañana siguiente nos dirigimos a Jost Van Dyke, pero nos pararemos a comprar provisiones y hielo en Sopers Hole, el punto más occidental de Tortola. Se trata de una encantadora marina con  casita de colores y tiendas de souvenirs. Tras una navegación placentera de dos horas, entramos en White Bay, una espectacular bahía de aguas turquesas y arena blanca, en Jost Van Dyke. Esta isla tiene una población de 250 personas y su gente es especialmente carismática. Al anochecer seguimos hacia la bahía colindante, Great Harbour, mejor fondeo para pasar la noche. Además es aquí donde se encuentra el famoso Bar “Foxy’s”, punto de encuentro de muchos navegantes y un lugar donde la música y el copeteo están garantizados. Desgraciadamente Foxy, el propietario, ya no canta en directo.

Tras una noche de fiesta, no hay nada mejor que un baño regenerador en las claras aguas de Sandy Island. Esta pequeña isla se encuentra a 2 millas de Jost Van Dyke, y pertenece a una de las nietas de Rockefeller. Tiene una playa blanca impresionante, y un jardín botánico muy interesante con variedad de cactus e innumerables cangrejos ermitaños. Imprescindible dar la vuelta a la isla. Esta noche fondearemos en Cane Garden Bay,  en la costa norte de Tortola, si la marejada no es muy fuerte, lo que es frecuente en invierno, debido a las tormentas en el Atlántico Norte. En Cane Garden Bay se encuentra la destilería de ron más antigua de las Islas Vírgenes con una playa muy bonita y varios restaurantes con música en vivo.

Próxima parada: Monkey Point en Guana Island. Para llegar allí recorremos toda la costa norte de Tortola, con sus acantilados y sus playas deshabitadas. Vistas espectaculares. Guana Island es una isla privada con un bonito resort y una preciosa playa blanca con árboles que rozan la superficie del mar. Monkey Point es conocido por ser un paraíso subacuático: enormes tarpons ahuyentan a grandes manadas de sardina pequeña, millones de peces se acumulan alrededor del buceador, inquietante sensación. Un lenguado intenta esconderse de nosotros hundiéndose en la arena, una tortuga nos permite bucear con ella a menos de un metro de distancia, cientos de peces tropicales nos rodean. Pescamos meros, que se convierte en una excitante actividad. Hemos pedido un permiso de pesca en este Parque Natural, con él podemos únicamente pescar con anzuelo. Así que metidos en el agua con mascara y tubo, tentamos a los meros escondidos en sus cuevas. Estos acabarán en el horno rodeados de crugientes patatas.

Solamente a media hora a motor por las islas de Camanoe, llegamos al perfecto fondeo en Trelly’s Bay. Se trata de una bahía conocida por sus artistas y su ambiente. En días de luna llena se organiza en la playa un espectáculo con bolas de fuego sobre el mar, y zancudos bailando al son del caribe. Sobre todo, es un perfecto “hurricane hole” seguro contra huracanes.

Tras comprar unos souvenirs continúa nuestra ruta al día siguiente cruzando el Sir Frances Drake Channel hasta Virgin Gorda, hacia el este. Ineludible es la visita a The Baths, unas rocas de granito, volcánicas, enormes y de extraordinaria belleza que se acumulan en la playa. Hay que seguir el Devil’s Path, un camino que te lleva andando descalzo por debajo de las enormes rocosidades hasta una playa virgen espectacular. En temporada alta es recomendable coger una boya a primera hora de la mañana, ya que está prohibido fondear y las boyas se ocupan rápidamente. En las BVI pasar una noche amarrado a una boya cuesta 25 $, precio a pagar para mantener estos fondos tan vírgenes e intactos como hasta ahora.

Haremos una parada en Spanish Town, la capital de Virgin Gorda. Atracar en la marina es una necesaria parada para cargar provisiones, hielo, agua y gasoil. Con los tanques llenos vale la pena continuar hasta The Dogs, un grupo de islas deshabitadas a 20 minutos de la ciudad. Es una zona espectacular para hacer submarinismo o snorkel, y amarrados a una boya a sotavento de las islas podemos pasar una tranquila noche.

Seguimos navegando hacia el norte, dejamos Mosquito Island a estribor y entramos en la enorme bahía de North Sound. Hay muchos arrecifes aquí, y la entrada a la bahía está claramente marcada mediante boyas. Esta perfecta zona de fondeo está rodeada de montañas verdes y casi deshabitadas, los mejores y más selectos resorts de las Islas Vírgenes Británicas están aquí.  En temporada alta fondean y se amarran a las boyas cientos de veleros y yates privados, y la bahía se convierte de noche en un espectáculo de luces.

Tras explorar las distintas playas con el dinghi, continuamos a la mañana siguiente hasta la bahía colindante: Eustasia Sound. Es esta una bahía de aguas turquesas muy poco profunda. Echamos ancla al lado de Eustasia Island, frente a Necker Island, isla privada que pertenece a Richard Brandson, el propietario de Virgin. Esta zona es paradisíaca, valdrá la pena quedarse una o dos noches.

Y nos preparamos para la travesía más larga de las BVI’s: la espléndida navegación a la isla de Anegada, que se encuentra a 12 millas rumbo Norte. Los alisios soplan por el través, y en 2,5 horas llegamos al único fondeo de la isla. Anegada – la isla hundida – es un atolón de coral, muy distinto a las otras islas volcánicas. Es completamente plana, arenosa y está rodeada de arrecifes. Un camión nos conduce a visitar el interior del territorio hasta las bellas playas del norte, inaccesibles para el barco. El día debe terminar obligatoriamente en el Anegada Reef Hotel, donde se comen las mejores langostas de las Vírgenes. Anegada es una delicia para los surfistas o los kyte-surfers, con unos alisios constantes y tranquilas aguas protegidas por el inmenso arrecife. Un par de días no bastarán para investigar estos parajes.

De regreso tenemos una fántastica navegada con vientos portantes hasta Road Town, el puerto de partida. El Gran Azul estará navegando por estas aguas hasta finales de mayo de este año. Os esperamos a bordo para compartir con vosotros una semana de navegación profundamente caribeña!

 

Cristina Zander & Jordi Tort

Revista Náutica Skipper
Febrero 2010

 


 

El GRAN AZUL en VENEZUELA

 

LOS TESTIGOS

Hace ya dos meses que el GRAN AZUL lleva recorriendo Venezuela. Son muchas las razones que hacen de este país un lugar idóneo para navegar, repleto de islas y costas todavía tan vírgenes. En comparación con el Caribe es un territorio marino todavía no explotado, hay menos barcos en las bahías y mucho más pescado bajo el mar.

Navegando desde Grenada, la isla más al sur de las islas de Barlovento – y después de 90 millas de fácil navegación con los alisios por popa - divisamos el primer grupo de islas venezolanas.

Son cuatro: Rajada, Conejo, Isla Iguana y el Testigo Grande. Parecen deshabitadas, ¡pero no lo están! El fondeo en Playa Tamarindo, en Testigo Grande, es tranquilo y resguardado. En la playa viven los Mata, una gran y encantadora familia de pescadores.¡Gente extraordinariamente hospitalaria y acogedora!

El primer día en la isla es un día perfecto. Ya temprano decidimos subir al faro, el pico más alto de la isla. La caminata es empinada y serpenteante, las vistas desde arriba arrebatadoras. Un chivo se cruza a veces en nuestro camino.

Ya en la playa, Benjamín, uno de los pescadores, nos invita a ir a pescar langostas. Vamos con el dinghi a la costa norte de la isla, el mar está bravío y enormes olas dificultan nuestra marcha. Pero el esfuerzo vale la pena. Pescamos cinco preciosas langostas, que acaban en la parrilla. La comida a base de carpaccio de atún – pescado en la travesía – y las langostas nos deja exhaustos y indefiniblemente satisfechos. Tras la merecida siesta, entablamos conversación con un barco pesquero que ha fondeado al lado nuestro. Les cambiamos una botella de whiskey por un enorme dorado, que ellos mismos nos filetean a bordo.

Y vamos a cenar a casa del Llano, casado con una holandesa -Marianne- que hace 12 años vino navegando hasta aquí y se enamoró de él y de este lugar. La fiesta se alarga hasta tarde entre la música, el baile, la cerveza y los buenos amigos. Son muy buena gente y extraordinariamente auténticos.

 

ESPECTÁCULO DE LA NATURALEZA

Hoy es noche de luna llena, y decidimos subir por la duna de arena hasta llegar a la playa de barlovento para ir a observar un verdadero espectáculo de la naturaleza: cómo las tortugas salen a la playa a poner sus huevos.

Es necesario algo de paciencia, ya que sentados en la gran duna escudriñamos la playa para ver si sale alguna tortuga del mar. La noche es muy clara y la arena resplandece.

Enseguida aparece la primera tortuga, es una enorme tortuga cardón (leatherbag turtle) de aprox. 1,5 metros de longitud. Lentamente se va arrastrando por la playa buscando el mejor lugar para poner sus huevos. Finalmente lo encuentra cerca del mar, y con sus patas traseras va haciendo un profundo agujero en la arena. Nosotros nos acercamos y observamos de cerca este trabajo de ingeniería. Tarda aproximadamente 1 hora y media para escarbar el agujero, pero encuentra al final agua al fondo y se le derrumba. Agotada mueve sus 250 kilos unos metros más allá y tiene que empezar de nuevo.

Finalmente llega el momento esperado, y la tortuga pone alrededor de unos 120 huevos en su agujero. Está como en trance, y aprovechamos para iluminarle la cara: tiene los ojos cerrados y parece que esté llorando. Luego utiliza las patas traseras para ir cerrando el agujero. Avanza y con las patas delanteras consigue realmente allanar toda la zona, evitando así que pájaros u otros depredadores puedan descubrir el nido.

Finalmente vuelve al mar, seguramente satisfecha por haber terminado exitosamente su tarea. Nosotros volvemos al barco, fascinados por haber podido compartir con ella esta única experiencia.

 

EL GOLFO DE CARIACO – PARQUE NACIONAL MOCHIMA

Tras pasar unos días en la isla de Margarita – donde pasamos aduanas ya que en Los Testigos no es posible - y la isla de Coche, decidimos partir de madrugada para entrar en el Golfo de Cariaco, ya en tierra firme venezolana. Este golfo esté repleto de historia, ya que fue aquí donde los conquistadores españoles encontraron extensas minas de sal. Queriendo proteger el golfo de las invasiones de holandeses e ingleses, construyeron un amurallado castillo, que sigue en pie hoy en día.

Al entrar en el golfo empiezan a soplar 20 nudos de proa, y tardamos tres largas horas en llegar a la bahía de la que todo el mundo nos ha hablado, Laguna Grande. Para evitar los fuertes alisios de proa, es recomendable entrar en la bahía a las 6h de la mañana. El esfuerzo vale la pena: nos adentramos en una enorme bahía completamente salvaje, el paisaje es desértico, múltiples montañas desprovistas de vegetación nos rodean, mostrando un abanico de colores, desde el rojo más intenso pasando por dorados ocres hasta marrones tostados. Fondeamos al fondo de la gran laguna, estamos solos, rodeados de la más silenciosa naturaleza. Con el dinghi investigamos la zona, que al ponerse el viento se convierte en un gran lago habitado por garzas blancas, pelícanos, cormoranes y cientos de fragatas.

Conocemos a la gran familia de pescadores que vive en el extremo oeste de la laguna. Beatriz y El Negro son gente sencilla y amable, que nos invitan al día siguiente a pescar camarón. Cargamos sus redes en nuestro dinghi y junto a sus dos adolescentes hijos nos ponemos manos a la obra. El camarón vive en el más profundo barro, así que tiramos la red en una de las playas, y recuperándola lentamente barriendo al mismo tiempo el fondo vamos extrayendo el camarón. Tres veces repetimos el mismo proceso. Acabamos enfangados de arriba abajo, pero sacamos un buen cubo lleno de cangrejos, algún que otro pescado y los anhelados camarones.

Es la hora de saborear la pesca del día, y nos invitan a una paella venezolana a base de todos los frutos del mar recién pescados. Mientras se hace la paella, Beatriz nos enseña a hacer arepas. Amasamos y freímos estas tortas de maíz consideradas la base de la comida venezolana. De nuevo nos queda demostrada la ilimitada hospitalidad de los venezolanos. De nuevo tenemos la sensación de que aquí nos podríamos quedar una eternidad.

Nuestra ruta nos lleva a la zona del Parque Nacional de Mochima, en dirección hacia el oeste. Se trata de una zona repleta de bahías e islas de colores rojizos y muy áridas, pero ricas en bancos de sardinas que por ello atraen a grandes manadas de delfines, que son fáciles de ver cuando se navega por el lugar. Fondeamos en la bahía de El Oculto, seguidamente vamos a las islas de Arapos, y finalmente visitamos las islas de Chimana Grande y Chimana Segunda, a cinco o seis millas de Puerto La Cruz. Nos rodea en todo momento una belleza muy singular.

Aprovechando nuestra estancia en Venezuela, queremos conocer el interior del país. Por ello nos dirigimos con nuestro Heritage I a Puerto La Cruz. Se encuentra al lado de la ciudad de Barcelona, y allí se concentra el mayor número de marinas y de varaderos del país, llamada la pequeña Venecia por ser una ciudad llena de canales navegables. Allí queremos dejar por primera vez amarrado nuestro barco durante dos semanas, y adentrarnos en el país.

Escogemos la marina de Bahía Redonda Se trata de una marina acogedora y no demasiado grande, pero provista de buenas instalaciones y muy segura.

Decidimos visitar los Andes, y su capital, Merida, los Llanos con sus anacondas y caimanes, y el Salto del Angel, el salto de agua más alto del mundo en la Gran Sabana, la zona de los Tepuis.

 

PARADIGMAS VENEZOLANOS

¡Estamos en la meca del petróleo! Los precios son inauditos: aquí por un Euro te dan 100 litros de gasoil! Es más barato que el agua. Por otro lado, el precio es superior para los extranjeros y más complicado de conseguir para los cruceristas. Nosotros ya tenemos la manera: acompañados por un taxista venezolano llenamos nuestros tanques en la gasolinera más próxima. Un verdadero ahorro en diesel.

En el círculo de los cruceristas se habla mucho de la seguridad en Venezuela. Nos aconsejan subir cada noche el dinghi a bordo y encerrarnos dentro del barco para dormir. Solamente dejamos abiertas las pequeñas escotillas. Hemos decidido extremar las precauciones, ya que por un lado corre mucha droga por el país, por el otro lado hay mucha pobreza. Sin embargo – desde que llevamos navegando por estas bellas costas – solamente hemos conocido a familias de pescadores realmente amables, gente sencilla y hospitalaria. Nunca nos habían regalado tanto pescado, pulpos, sepias, langostas.. Nosotros intercambiamos con ellos nuestra despensa de bebidas y nuestro baúl de regalos.

 

EL ARCHIPIÉLAGO DE LOS ROQUES

Empieza nuestra travesía desde Puerto La Cruz hacia Los Roques. 90 millas nos separan del archipiélago más codiciado de Venezuela. A medio camino decidimos hacer una corta visita a isla Tortuga, unas pequeñas islas solamente habitadas por unos pocos pescadores de langostas. La travesía hasta isla Tortuga – 40 millas al noroeste – es tranquila, soplan 15 nudos y avanzamos a vela.

De madrugada la isla aparece frente a nosotros, es plana y rodeada de aguas claro-turquesas, con una enorme playa blanca que se extiende ante nosotros.

Pasan los días en la isla sin darnos cuenta, a menudo comemos langosta – que esta vez les compramos a los pescadores. Finalmente es hora de partir hacia el Gran Roque, izamos velas rumbo al noroeste. En la travesía pescamos un dorado, observamos manadas de delfines por proa y echamos dos botellas con mensaje por borda.

Temprano en la mañana llegamos al Gran Roque. El pequeño y colorido pueblo es encantador. Los caminos son de arena, la gente se pasea descalza. Hay muchas posadas decoradas con un gusto increíble, restaurantes pintorescos, casitas de colores.. y los pelícanos tirándose desde lo alto en picado al agua para cazar algún pescado distraído. Este va a ser nuestro puerto base este próximo mes, desde el que descubriremos los cayos de Los Roques con los grupos de invitados que nos visitan.

El archipiélago de Los Roques consta de 42 islas con nombre y 250 islotes sin bautizar diseminados en una laguna cristalina y luminosa rebosante de vida marina. Menos el Gran Roque, todas las islas están deshabitadas y el silencio sólo se quiebra por las olas golpeando contra los arrecifes de coral.

Algunas palabras resumen esta inusual belleza: azules intensos, puestas de sol, playas blancas, sol abrasador, brisa marina, horizontes infinitos, transparentes aguas color turquesa, cayos vírgenes, pelícanos y bubis pescando, mucha fauna marina.

Cada día fondeamos en un nuevo cayo: Francisqui, Cayo de Agua, Dos Mosquises, Carenero, Crasqui, Sarsqui y Norosqui. Todos parecidos, y todos completamente distintos. Pero algo tienen en común: bajo sus aguas viven miles de peces, que serpentean entre los corales. Hacer snorkel aquí es un espectáculo, y el buceo resulta ser inmejorable.

Es una buenísima zona para navegar y fondear. Los cayos están rodeados de arrecife, y crean lagunas naturales perfectas para fondear, tranquilas y sin embargo, a pocos metros, las olas rompen ruidosas contra los arrecifes. Las profundidades en los fondeos oscilan entre tres y siete metros, y los fondos son arenosos. La navegación hasta Cayo de Agua y los Dos Mosquises – las dos islas más bellas y más alejadas del Gran Roque – es placentera, con los alisios soplando por popa. En Dos Mosquises es imprescindible visitar la Fundación de Recuperación de Tortugas, donde un grupo de biólogos supervisa los huevos de las tortugas de la zona y se encarga de su cuidado hasta que tienen un año de vida.

Nos sorprende que – aun siendo el mes de agosto – encontremos tan pocos veleros en los cayos. Es realmente una zona poco turística, y la belleza de sus playas e islas se mantiene de esta manera salvaje. Para poder acceder a la mayoría de los cayos es necesario obtener un permiso de navegabilidad, que los guardaparques en El Gran Roque emiten gratuitamente para 15 días.

Por tratarse de un parque natural la pesca con arpón y la pesca de langostas fuera de temporada están prohibidas. Sin embargo a bordo comemos pescado a diario, ya que al curry no dejan de picar los atunes y en los fondeos los pargos. Nos parece esta una de las zonas más bellas visitadas hasta ahora.

Pero todo lo bueno se acaba, y a finales de agosto volvemos ya a Puerto La Cruz. Aprovechamos el hecho de que aquí hay buenos varaderos, y decidimos dejar una temporada el barco fuera del agua. Queremos aprovechar las facilidades que nos brinda el varadero para trabajar en el barco, y prepararlo para la próxima temporada. Se termina así la primera etapa de nuestra larga travesía alrededor del mundo.

Cristina & Jordi
Revista Náutica Skipper
Octubre 2008

 

 

 

 

 

 


 

 

LAS WINDWARD ISLANDS - DE MARTINQUE A GRENADA

El Gran Azul continúa su singladura: desde nuestra partida de Florida hace seis meses hemos recorrido 1500 millas y lentamente nos hemos ido adentrando en el mar Caribe tratando de comprender y conocer a fondo sus variadas culturas y sus dispares islas. Tras una estancia de tres semanas en Martinique , recorriendo la costa oeste desde St. Pierre - al pie del volcán Mont Pelée , que causó estragos en su última erupción de 1902 y destruyó la ciudad llevándose consigo a toda la población – pasando por la enorme bahía de Fort de France, capital bulliciosa de este deppartement d'outre mer que pertenece a Francia, hasta St. Anne y las playas de Les Salines, increíbles y paradisíacas playas de arena blanca y altas palmeras

El Gran Azul está fondeado en Le Marin al sur de la isla. Es uno de los principales puertos de llegada de los veleros que cruzan el Atlántico, y se puede fácilmente fondear en la enorme bahía frente a la marina. Antes de partir hacia las Grenadines, es un perfecto lugar donde preparar el barco, comprar piezas de recambio, solicitar los servicios de un mecánico o electricista, y para comprar provisiones – el paté y los quesos son excelentes, será la última oportunidad de disfrutar de una buena barra de pan francés. En la marina hay mucho ambiente, a pesar de que está empezando la temporada baja. Por la noche se puede escuchar reggae en el bar “Calabacee” y arreglar los problemas del mundo con un ron entre manos.

Tras hacer la salida del país en Le Marin (los franceses tienen la forma más sencilla de hacer la salida y entrada que hemos visto hasta ahora, se trata solamente de rellenar un documento en un ordenador e imprimirse uno mismo la copia), cruzamos el canal de 26 millas que nos separa de Sta. Lucía. A partir de Martinique nuestra navegación va a ser placentera y satisfactoria, ya que la cadena de las Windward Islands se extiende hacia el Sudoeste. En esta época del año los alisios soplan usualmente del sudeste (entre 100 y 120 grados), así que el Heritage I navega entre 6 y 8 nudos con el viento del través.

Tras una estable navegación de 5 horas pasamos junto a la reconocible Pidgeon Island, que da paso a Rodney Bay , nuestro destino para pasar una noche. Mientras buscamos lugar para fondear en Rodney Bay, empezamos a reconocer barcos de otras etapas del viaje, especialmente de Samaná en la República Dominicana. Y nos encontramos a Mike, un navegante solitario que nos invita a una beach party con el resto de tripulaciones que están en la bahía. Allí conoceremos la red del “Coconut Telegraph”, una red de amigos que viven en el barco navegando por las aguas del Caribe, algunos son circunnavegantes también. Todas las mañanas a las 8 am, en el canal 4060 del SSB (BLU), van haciendo el “check-in” para así saber donde anda cada uno. La fiesta de la playa – con guitarras incluidas - es un reencuentro con muchos de ellos que habíamos conocido en etapas anteriores.

Santa Lucía lleva 50 años de independencia de Gran Bretaña. De historia similar a Martinique, pasó de manos entre ingleses y franceses hasta 1814 cuando definitivamente quedó bajo la corona británica. Antigua explotación esclavista hoy vive del turismo y tiene un ambiente “rasta” entre la población joven. Son muy relajados y amigables con el turista, y no pierden la esperanza a la hora de vender cuando se nos acercan con sus coloridas embarcaciones, bautizadas con nombres que reflejan la vida relajada de estas gentes: Take it easy, Don't worry, Things to talk, Respect..

Seguimos hacia el sur, por la costa caribeña de Santa Lucía hasta Marigot Bay, una pequeña bahía, estrecha y que se adentra en las montañas. Un lugar de increíble belleza, que ha sido elegido por el hotel Discovery y por la empresa Moorings para hacer su base. En la antaño salvaje zona han construido hoy en día un village de lujo, pero la preciosa bahía sigue siendo muy apacible.

Tras tres horas de navegación hacia el sur llegamos por fin a la zona más mágica de Sta. Lucía, a los Pitons. Son dos enormes y volcánicas montañas: le Gros Piton y le Petit Piton – adyacentes, y que se han convertido en el icono de la isla. Son el emblema de la bandera y aparecen en todo lugar, empezando por la refrescante cerveza local, llamada Piton.

La zona es una reserva marina, y no está permitido fondear. Nosotros nos amarramos a una boya en la ensenada que se dibuja justamente entre las dos enormes montañas, dejando atrás la ciudad de Soufrieres . Se trata de una bahía realmente espectacular, nos mecemos entre dos enormes laderas que se hunden verticalmente en el mar azul repleto de abundante vida submarina. Allí sale a recibirnos Captain Bob, maestro de ceremonias de las actividades turísticas locales. Terminamos después de mucho regateo contratando una escalada, un chofer y un bonito. Es temporada baja y hemos negociado bien.

Decidimos escalar el Gros Piton , de alrededor de 1000 metros . Iniciamos el camino en Fons Gens Libre , el valle de la gente libre, un pequeño pueblo confundido con la selva, en el que viven 200 habitantes. Nuestra guía, Marda, es una gacela esbelta y atlética que remonta la empinada subida como si fuera un paseo. Tiene 20 años y la ha subido más de 300 veces. La subida, de 600 metros en vertical, nos lleva unas dos horas y atraviesa selva virgen, en un parque natural. Nos deja exhaustos, y tras una visita a las aguas sulfurosas volcánicas nos volvemos al barco a descansar. Nos hace una visita Captain Bob y le invitamos a un arroz vegetariano al curry.

Por la tarde es imprescindible admirar la puesta de sol desde el Ladera Resort , un restaurante ubicado justo en la cima entre los dos Pitons, con unas vistas espléndidas a los volcanes, al valle y al mar.

Abandonamos este mágico lugar poniendo de nuevo rumbo hacia el sur. Esta vez nos dirigimos a Bequie, la primera de las islas Grenadines, saltándonos la isla de St. Vincent . Aunque aquí se encuentra la capital de estas islas, decidimos no pararnos porque últimamente ha habido varios asaltos a navegantes en sus bahías, especialmente en Chateaubelaire, y nos recomiendan evitarla.

Bequie es una preciosa isla de vegetación algo mediterránea; fondeamos en Admiralty Bay - bahía acogedora repleta de veleros con la intención de sentir las palpitaciones de este recóndito lugar. Lo que más nos impresiona en Bequie son sus gentes: tranquilos, relajados, muy abiertos y comunicativos, simpáticos y con un divertido sentido del humor. Aprovechan la primera oportunidad para darte palmaditas en la espalda o un abrazo.

Esta es una población ballenera , donde se solía antaño pescar ballenas. Hoy en día se les sigue permitiendo pescar una cuota de 2 ballenas al año, que siguen pescando de manera tradicional: con unos veleros de 20 pies especialmente diseñados para la pesca y arponeándolas a mano. Una tradición que ha pasado de generación en generación desde hace siglos. La famosa novela de “ Moby Dick” se inspiró en el marco de estas islas.

Hay en la costa norte de Bequie un centro de recuperación de tortugas loras y verdes . Tienen más de 50 tortugas, las crían hasta que tienen cinco años y las devuelven luego a la naturaleza. Así les garantizan la supervivencia, protegiéndolas de pescadores y locales. 20 años más tarde las tortugas estarán preparadas para poner huevos y garantizar su existencia.

Enseguida nos absorbe el ritmo de vida, la actividad preferida es el “liming” - es decir, estar en un lugar sombreado charlando con los amigos, dejando pasar el tiempo. No hacer nada, sentir pasar la vida. Sabemos que nos podríamos pasar aquí una buena temporada, pero nuestra ruta continúa.

Desde Bequie a Mayreau tenemos unas 15 millas por proa, de nuevo navegando de través con los alisios. Estamos ya entrando en época de huracanes, y no dejan de pasar ondas tropicales que nacen en las costas de África. Pero el agua aún no es suficientemente caliente, por ello las condiciones no son óptimas para que se conviertan en tormentas tropicales o huracanes. De tanto en tanto un chubasco o tormenta con sus negras nubes descarga encima nuestro. Se trata únicamente de rizar las velas a tiempo y cerrar todas las escotillas. Este ejercicio de cerrar escotillas lo vamos a tener que repetir a partir de ahora cada noche un par de veces, ya que durante la noche las borrascas no nos permiten dormir tranquilamente de un tirón.

Mayreau es la más pequeña de las Grenadinas habitadas, con sólo 300 habitantes permanentes. El fondeo más espectacular en la isla es su cerrada y protegida bahía al norte, Saltwhistle Bay . Una larga playa blanca, muchas palmeras, una fresca brisa marina, un buen restaurante en la playa… y no hay vendedores ambulantes. Solamente dos millas separan esta bahía de los Tobago Cays.

Estos pequeños y deshabitados cayos son quizás el lugar más popular en el Caribe para charteristas o cruceristas, y se encuentran en el arco de islas volcánicas de las Windward Islands. Lo peculiar de estas islitas es que están rodeadas por unas grandes barreras de arrecifes y corales, llamándose la primera Horseshoe Reef y la segunda End World Reef . Estas barreras permiten que a sotavento de ellas se extienda una zona de aguas muy poco profundas y tranquilas, una especie de lago turquesa dentro del mar.

Recomendamos especialmente el fondeo al sur de la isla de Baradal, un fondeo espectacular por tener la proa del velero indicando hacia mar abierto, con el gran Atlántico frente a nosotros y viendo como las olas que se acercan desde la lejana África rompen ruidosas contra los arrecifes. Es un lugar bello y tranquilo, con preciosas y blancas playas, y sobre todo - y por tratarse de un Parque Nacional protegido - con una vida submarina muy poco común.

Solo saltar desde nuestro Heritage I a las claras aguas, vemos como debajo de nuestro casco vuelan dos espectaculares mantas: una águila moteada y una manta raya. El snorkel en los arrecifes de coral es espectacular; el mejor buceo desde que estamos de viaje. Cientos y cientos de peces de todos los colores y formas se alimentan de las extraordinarias formaciones de coral. De repente, nadando decidido entre los arrecifes, vemos a un tiburón buscando a su presa para devorar. Una manada de grandes peces azules se balancea de un lado a otro con el vaivén del mar, a veces creando círculos perfectos bailando una extraña danza. Es una maravilla!

La zona está también llena de nuestras amigas las tortugas . No tienen miedo, y podemos nadar con ellas, acariciar sus estampados caparazones y observar mientras comen césped a pocos metros de profundidad. Si no fuera porque definitivamente son demasiado grandes, habríamos ya hecho espacio a bordo para una de ellas ;-)

“Free Willy” viene con su barquita multicolor a vendernos unas camisetas - las letras lo resumen todo: “ SAIL MORE, WORK LESS ” - y se queda con nosotros a charlar un buen rato. Desde luego, uno no quisiera tener que marcharse de este pequeño trocito del Caribe. ¡Seguramente las aguas más tranquilas y paradisíacas que hemos visto aquí!

Continuamos con rumbo suroeste hacia Union Island , una isla muy montañosa comparada a menudo con Tahiti. El Pinnacle, el pico más alto de la isla, es un lugar ideal para divisar todo el Mar Caribe y Mar Atlántico desde St. Vincent a Grenada. El fondeo delante de la pequeña y tranquila ciudad de Clifton es un lugar muy bien protegido por una barrera de arrecifes. Variados y buenos restaurantes salpican la bahía. Desde Clifton vale la pena hacer una excursión de un día con el barco a Palm Island, a 1 milla al este. Esta pequeña islita está rodeada por cinco preciosas y blancas playas, y es un paraíso para observadores de pájaros. Coconut Johnny – uno de los navegantes más famosos del Caribe por haber plantado miles y miles de cocos en sus islas – abrió en los años 70 conjuntamente con su esposa un precioso hotel en esta isla, rodeado de cientos de palmeras plantadas por él.

Dejando las islas de Petit Martinique y Petit St. Vincent por babor, entramos ya en la nación independiente de Grenada . El puerto de entrada es Hillsborough, en la tranquila isla de Carriacou . Decidimos fondear en una pequeña bahía más al sur, en Tyrrel Bay, y de camino hacia allí paramos a desayunar en la minúscula isla de Sandy Island, una islita rodeada de playas blancas y mucha arena. Tyrell Bay resulta ser una bahía muy cerrada, utilizada como “hurricane hole” por sus espesos manglares al norte. Un buen varadero y varios agradables restaurantes en la playa hacen de éste el lugar escogido por muchos veleros para pasar unos días. Se respira aquí un aire de relajación y tranquilidad, y un bar flotante en la bahía llamado “Angels Rest” es punto de reunión para los navegantes, tomar unas cervezas admirando las rojizas puestas de sol.

La isla de Grenada - 30 millas al sur de Carriacou - va a ser la última de las Windward Islands por visitar antes de partir hacia Venezuela. Fondeamos en la bahía de St. Georges , colorida ciudad y capital de esta frondosa isla, que en 2004 sufrió grandes daños en sus edificios y vegetación a causa del huracán Iván. Como la mayoría de las islas del Caribe, Grenada es volcánica en sus orígenes, y hasta hoy en día los navegantes deberían navegar alejados de Kick ‘en Jenny, un volcán subacuático que se encuentra al nord/nordoeste de la isla entre Carriacou y Grenada y al oeste de la isla de Ronde.

Grenada es conocida como la “Isla de las Especies” y efectivamente tiene más especies por milla cuadrada que ningún otro país.. Nuez moscada, canela, vainilla, clavos, jengibre, además de cacao y bananas. Es el segundo país del mundo después de India en la producción de la nuez moscada.

Recomendamos fondear delante de Martin's Bay justo antes de entrar en el puerto de St. Georges. Hay demasiados barcos dentro de la pequeña laguna, y las corrientes y el viento hacen del fondeo un lugar poco seguro. Con el dinghi y en pocos minutos se puede entrar hasta el Carenage , una bahía en el centro de la ciudad, donde amarramos el tender directamente delante del supermercado o del restaurante “ Nutmeg”, con la comida más criolla del lugar. Una excursión al colorido mercado con sus amables y alegres gentes es imprescindible, como también lo es coger el autobús hasta Grenville, en la costa este de la isla.

El Heritage I continúa su singladura a Venezuela, donde tenemos pensado recorrer sus islas y costas durante los próximos dos meses.

 

Cristina & Jordi
Revista Náutica Skipper
Agosto 2008

 

 

 


 

 

REPUBLICA DOMINICANA Y EL CANAL DE MONA

El Gran Azul continúa su travesía. Nuestro viaje nos lleva esta vez a conocer ampliamente la República Dominicana . Familia y amigos han venido a bordo unos días a compartir con nosotros algunos rincones de este fantástico país.

Luperón – una bahía tranquila en la costa norte – fue nuestro puerto de entrada. Decidimos dejar la comunidad americana de veleros que allí se congrega para costear la isla en dirección a Samaná , una enorme bahía que se encuentra al este.

La navegación por la costa norte resulta complicada, ya que siguen soplando aquí los alisios y todo movimiento hacia el este trae consigo mucho viento y oleaje de proa. Tras dos días de travesía decidimos descansar en una bahía llamada “El Valle” y esperar allí a que caiga la noche. Es justamente durante las noches cuando es recomendable navegar ya que a causa de los terrales disminuyen considerablemente los alisios, y la navegación resulta más sencilla. Esta bahía se convertirá en uno de nuestros lugares preferidos en la península de Samaná: una bahía rodeada de montañas frondosas y deshabitadas, al fondo una playa blanca repleta de palmeras, y unas pocas casitas de pescadores. Pero ahora mismo el oleaje que viene del norte imposibilita nuestro descanso, el movimiento del barco anclado es vertiginoso. Las olas chocan con fuerza contra los acantilados. Decidimos salir de este infernal vaivén, pero al conectar el motor un silbido agudo nos avisa de que algo anda mal con el motor: no funciona el sistema de refrigeración y el motor se sobrecalienta al encenderlo. Tan cerca de las rocas, en este incomodo fondeo y sin motor no es precisamente una situación muy relajada. Es aquí cuando se aprecia realmente el consejo de un amigo: “Lleven siempre recambios para el raw water impeller!” Lo sustituimos y conseguimos así ya de noche finalmente salir de esta “coctelera”. Bordeando la costa nos dirigimos hacia el Cabo Cabrón. Las olas de proa sobrepasan los 3 metros , y con tanto viento y corriente en contra a duras penas avanzamos a uno o dos nudos. El Cabo Cabrón da razón a su nombre: no parece querer desaparecer nunca de nuestra vista.

Pero el esfuerzo vale la pena: de madrugada llegamos a Sta. Barbara de Samaná, un pequeño pueblo esparcido en la montaña, que se convertirá en nuestra base durante las próximas semanas. Se trata de un lugar idóneo desde el cual conocer este país, sus gentes y su cultura. Samaná además se convierte cada primer trimestre del año en punto de partida para uno de los espectáculos más grandes que puede ofrecer la naturaleza: La llegada de cientos de ballenas jorobadas , que eligen las cálidas y apacibles aguas de su bahía para reproducirse. Se calcula que el 80% de los rorcuales del mundo se aparean  y crían frente a las costas de Samaná. El método que los machos utilizan para atraer a las hembras, consiste en elevar al aire sus cuerpos de 40 toneladas, para luego caer al agua salpicando mares de espuma. Dicen que ellas también son capaces de hacerlo, pero lo evitan para no herir el frágil ego de los machos.

Salimos un día en la yola (barca) de un pescador a ver las ballenas. Y empieza el espectáculo: justo delante nuestro dos ballenas jorobadas elevan sus cuerpos con una increíble fuerza por encima del mar, con una torsión lateral que nos permite ver sus enormes y blancos estómagos. Esa misma aplastante fuerza y la gravedad permiten que se sumerjan de nuevo en el agua estrepitosamente. Estas imágenes van a quedar profundamente grabadas en nuestras memorias; pocas veces la naturaleza muestra unas imágenes tan impactantes como estas.

Disfrutamos especialmente con la travesía del Gran Azul al Parque Nacional de Los Haitises , a unas 20 millas al sur, al otro lado de la gran bahía de Samaná. La navegación aquí es tranquila por no haber oleaje, y en pocas horas nos adentramos en estos maravillosos parajes. Kilómetro y kilómetros de manglares, palmeras, playas completamente deshabitadas y los cayos de los pájaros. En los cayos anidan cientos de pájaros: fragatas, pelícanos, halcones.. Nuestro Heritage I fondea solitario rodeado de tanta frondosidad, la tranquilidad absoluta solamente se ve interrumpida alguna vez por la visita de los pescadores de la zona en sus barcazas, siempre cargados de gambas - aquí llamados camarones - o pescado. El festín está garantizado.

Con el dinghi aquí uno se puede adentrar en los manglares : angostos ríos que se van perdiendo tierra adentro, rodeados de estos multiramificados árboles, que crecen en aguas pantanosas, adaptados para vivir en aguas dulces y saladas. El silencio – interrumpido por los graznidos de los pájaros – es sepulcral, la belleza arrebatadora.

Es en esta zona donde se recluyeron muchos de los Tainos – los indios autóctonos de Samaná - antes de que fueran exterminados en la época de la conquista de América. Prueba de ello son las enormes cuevas de piedra caliza que hay en la zona, decoradas con estatuas y pictogramas de hace más de 500 años.

Desde Samaná se pueden visitar las increíbles playas del norte: El Rincón, Las Galeras, La Playita, .. Todas ellas vírgenes y preciosas: largas playas blancas rodeadas de palmeras y de aguas turquesas. El Valle - nuestra preferida – impacta por su naturaleza salvaje. Allí el mar es especialmente bravío, y sus pescadores salen a faenar surfeando las enormes olas, extrayendo de las redes siempre fresco pescado, que acabamos comiendo en la playa.

Aquí la mayoría de terrenos están en venta, muchos ya vendidos a grandes promotoras americanas o a simples famosos (entre ellos a Julio Iglesias, Felipe González, Shakira, etc.) y se habla de que dentro de un par de años todas estas playas solitarias estarán explotadas y edificadas con lujosos hoteles y resorts. Así que todavía estáis a tiempo de venir a disfrutarlas!

Nos sorprenden algunas de las costumbres de este país, entre brutales y arraigadas, llenas de pavor humano y ferviente locura. Visitamos una gallera para ver una pelea de gallos. Todo lleno de hombres sudorosos haciendo apuestas en un pequeño “ring”, los gallos preparados para el ataque provistos de garfios enormes atados a sus patas. Son 15 minutos interminables. Las bestias atacan sin darse un respiro, y “el blanco” – el ganador – con sus garras y pico acaba por herir mortalmente a su contrincante, bañado en sangre. Los espectadores excitados hacen apuestas y gritan incansables animando a los bravíos gallos a despedazarse mutuamente.

Una noche, fondeados en la bahía de Sta. Bárbara, oigo un grito de Jordi que me arranca del profundo sueño: “Nos han robado el dinghi!!!”. Incrédulos observamos el resto de cabo cortado que cuelga de nuestra popa, no hay rastro de nuestro pequeño fueraborda. Intentamos conciliar el sueño, aunque negros pensamientos nos invaden: sin dinghi estamos presos a bordo, sin posibilidad de bajar a tierra! Por la mañana, oteando el horizonte con los prismáticos, vemos a lo lejos una pequeña embarcación que golpea mecida por las olas contra la playa, nuestro dinghi!! Pero se han llevado el motor, el tanque de gasolina y nuestros zapatos.

Imprescindible tomar nota para el futuro: no bajar nunca la guardia ni confiarse. Se recomienda atar siempre el dinghi incluyendo el motor fueraborda con una cadena, tanto por la noche al barco como durante el día al muelle.

Más tarde nos enteramos de que los motores fueraborda en esta zona son especialmente atractivos para los habitantes de Samaná; los utilizan una vez montados en sus yolas para salir a pescar o bien para dirigirse rumbo a Puerto Rico, el vecino más rico.

Llega la hora de partir, y empieza nuestra travesía hacia Puerto Rico, pasando por el Canal de Mona .

Los dominicanos temen este Canal por haberse llevado ya varias vidas. Son muchas las personas que han intentado huir en barca por el canal rumbo a Puerto Rico. Algunos consiguieron llegar y viven allí en comunidades en un estilo de vida más americano, otros nunca llegaron.

El canal también es temido por los navegantes, por la intensidad de los alisios, la corriente ecuatorial que va hacia el oeste, y el oleaje de un periodo muy corto. Para cruzarlo en velero se recomienda esperar un frente frío que venga del noroeste para que debilite la fuerza de los alisios y disminuya la altura del oleaje. A falta de buenas condiciones climáticas, la mejor estrategia es la de ir bordeando la costa dominicana hasta Punta Cana, de allí navegar hasta la Isla Mona y luego al extremos sudoeste de Puerto Rico, siempre aprovechando las noches para avanzar.

De esta manera recorreremos toda la costa sur puertorriqueña, navegando de noche para aprovechar los vientos más calmados, y descubriendo durante el día las bahías y sus gentes.

Cristina & Jordi
Revista Náutica Skipper
Junio 2008


 

Travesía de Bahamas a Republica Dominicana

"Un camino sin espinas" – eso es lo que nos promete la guía náutica "Passages South" de Bruce Van Sant – guía por excelencia que describe la ruta desde Bahamas hasta el Caribe. En realidad no es una travesía demasiado larga – unas 800 millas -son las que separan las Bahamas de República Dominicana - nuestro primer objetivo - pero si muy dura si tenemos en cuenta que la ruta nos lleva hacia el sudeste, dirección desde  la que soplan incansables los vientos alisios. Mucho viento y mucha ola de proa si no se tienen las necesarias precauciones. Más que nunca es importante aquí fijarse en los partes meteorológicos y estudiar detenidamente la ruta a seguir.  Para poder empezar a navegar, tenemos que esperar a que las condiciones meteorológicas sean las apropiadas, condiciones aquí llamadas "weather windows": un frente frío que viene del noroeste – normalmente de EE.UU. -  y que provoca que los alisios se vean interrumpidos y que durante un periodo de uno o dos días se puedan aprovechar vientos del norte y noroeste para así poder avanzar. Estos frentes a principios de invierno son más frecuentes (al menos uno por semana), a partir del mes de abril son mucho más escasos, por lo que esta travesía se hace menos transitable. La ruta de Nassau hasta el sur de las Exumas permite la navegación por sotavento de las islas, garantizando una navegación en aguas más tranquilas.

El nombre de Bahamas proviene originariamente de "baja mar", nombre con el que los navegantes españoles que acompañaban a Colón en su viaje hacia América bautizaron estas 700 islas rodeadas de un mar muy poco profundo.  Fue en estas islas donde los bucaneros y piratas más conocidos apoyados por el gobierno británico - abordaban las fragatas españolas que se quedaban embarrancadas en sus fondos y hacerse así con su botín. Las flotas españolas decidieron por ello evitar aguas tan peligrosas, y siguieron su rumbo hacia el sur. Es justamente en esta bajamar donde radica la increíble belleza de las Exumas – el primer grupo de islas que visitamos - , convirtiendo el mar en una tranquila y plana plataforma de vivos turquesas y transparentes azules. Es aquí necesario practicar el "eyeball navigation", es decir, tener siempre un guía en la proa del barco que – provisto de unas buenas gafas de sol polarizadas – vaya reconociendo los distintos colores indicadores de las profundidades para impedir que el barco embarranque. Estas oscilan entre 1,5 y 7 metros. En más de una ocasión el "eyeball navigation" se ha convertido en "stressfull navigation" recorriendo durante varias millas zonas con menos de medio metro de agua bajo la quilla. ¡¡Una travesía a prueba de nervios!!

Pero el esfuerzo se ve pronto recompensado: las islas Exumas están en su mayoría deshabitadas. En algunas sólo nos vienen a saludar a la playa docenas de iguanas, que al desembarcar con el dinghi se acercan a nosotros en busca de comida. Estos prehistóricos y ancestros animales nos observan impasibles con sus negros ojos, entre sorprendidos y anhelantes. Las blancas playas están llenas de conch, una enorme caracola que una vez extraída de su concha se añade a las ensaladas y a las sopas, y que son la base del ingreso para muchas familias de las Bahamas. También los fondos marinos nos sorprenden con una inusual abundancia. Aquí no son necesarios los equipos de buceo, ya que la poca profundidad nos permite utilizar sólo las gafas y el tubo para admirar los arrecifes y bancos de coral. Y pronto nos damos cuenta de que el mar está plagado de enormes langostas, que con el "jamaican sling" – una especie de lanza a tres púas – son muy fáciles de cazar. Las cenas a bordo se convierten pronto en un verdadero festín: langosta al grill, ceviche de langosta, calderetas, arroces de pescado. Ir con Jordi a pescar es como ir al mercado: dependiendo de las apetencias, saldrá con un mero, un sardo, una langosta o un pulpo pinchado en la lanza. Más suculentos manjares que añadir a la larga lista.

También la pesca al curri es aquí muy fructuosa y los lugareños son muy aficionados. Se pesca el mahi mahi, el waku y el atún. Es recomendable pasearse por los pequeños puertos de las islas, donde al limpiar el pescado, los restos van a parar directamente a las fauces de los muchos tiburones nodriza que se pasean por debajo de los pantalanes. Nos impresiona especialmente Mayaguana, una pequeña isla rodeada de corales. Se puede acceder al pueblo por una bahía que queda resguardada al este por un gran arrecife de coral. Solamente unas pocas casas componen el poblado, pero – como está sucediendo en varias islas – se planea realizar una inversión de 50 millones de dólares en construir un aeropuerto y urbanizar el norte de la isla, para que los americanos compren allí su segunda vivienda. Pero eso es todavía el futuro: hoy en día circulan por los caminos de tierra solo 70 coches, y la gente vive en su mayoría de la pesca. Cada domingo llega a la isla un barco cargado de víveres y provisiones para los isleños, que ellos mismos compran en Nassau cuando van hacia allá. Fuimos a recibir al barco – toda una fiesta para el pueblo – pero este no llevaba container, y toda la mercancía llegó mojada y maltrecha.

Ya solo a 100 millas de R.D. es recomendable atravesar los bancos de Turcs & Caicos, para aprovechar la protección de las islas e ir avanzando hacia el Sudeste. El cambio es drástico, ya que aquí las islas tienen infraestructuras y disponen de marinas y resorts de lujo. Una vez en el sur de las islas, nos encontramos con un incomparable espectáculo: las ballenas que bajan del Norte en su camino a la bahía de Samaná en República Dominicana para reproducirse pasan por estas aguas. Vemos a docenas de ballenas acompañándonos, chorros de agua por doquier, y lo nunca antes visto: una enorme ballena jorobada salta y por unos momentos su cuerpo se queda suspendido en el aire. Con una aplastante fuerza cae luego hundiéndose en el mar.

Finalmente, después de tres semanas de navegación y 800 millas por popa, llegamos a Hispaniola.

De la exuberancia acuática de las Bahamas, de la increible paz y tranquilidad de las Exumas con sus interminables playas blancas y de las turquesas aguas de Turcs & Caicos llegamos a la frondosa y montañosa vegetación de la República Domincana, isla que se llergue ante nosotros. Nuestro puerto de entrada es la protegida había de Luperón, en el Norte de la isla, una bahía que se utiliza por los veleristas como "hurricane hole" – el lugar mas protegido contra huracanes de la isla.

Cual es nuestra sorpresa al encontrarnos aqui con 100 veleros fondeados: hemos llegado a la comunidad de navegantes de Luperón. A causa de un malentedido en las explicaciones embarrancamos a la entrada. Inmediatamente una flota de neumáticas se acerca para empujarnos fuera del lodo.

Aquí tienen un canal de radio propio, y el intercambio de información es constante. Por el canal VHF 68 Janett emite los domingos un programa de radio para todos los barcos allí fondeados. Se organiza luego un mercadillo en la Marina Puerto Blanco, donde no solamente se intercambian objetos y se venden los cachivaches náuticos que no tienen uso. También se organiza una barbacoa para toda la comunidad; es allí donde conocemos a verdaderos personajes: A Mac - que buscando un sitio donde pasar la temporada de huracanes hace 8 anos, y desde entonces esta aqui fondeado; a Pedro, que hace 17 años partió con su esposa de Argentina en un velero de 30 pies desprovisto de motor y aun esta navegando por el Caribe. Todo el mundo se conoce aquí y es fácil dejar el barco sólo unos meses sin peligro, los vecinos velan por la seguridad de la bahía.

Nosotros seguimos nuestra ruta hacia Samana, el santuario de las ballenas, disfrutando de la belleza de este país. Seguiremos informando y os esperamos a bordo para nuevas aventuras....

Cristina & Jordi
Revista Náutica Skipper
Abril 2008


December 2007

Ya hace varias semanas que la buena vida y la tranquilidad de las Exumas (Bahamas) nos tienen aquí  aislados y desconectados. Como teníamos previsto, el Gran Azul zarpa el 1 de diciembre del 2007 de Fort Lauderdale, después de un generoso y completo aprovisionamiento del barco. No nos falta de nada, ya que sabemos que lo que no consigamos ubicar en nuestro velero ahora nos costará el doble de caro en las islas que tenemos por proa. El barco tiene sentinas y tambuchos rebosando de víveres, latas y botellas, pero vemos con asombro que la capacidad de almacenaje es infinito en este barco, que lo que tiene sobre todo es espacio y amplitud.

En Nassau recogemos a Natalia y Michel – nuestros primeros charteristas y ganadores del sorteo de la fiesta del Gran Azul – acompañados por David, que viene a disfrutar de unos primeros días de contacto con nuestro Bruce Roberts. Navegamos por entre las islas de la zona, y fondeamos varios días al lado de una blanca y solitaria playa en Rose Island. Una cosa ha quedado clara desde el principio:¡¡en este barco nos vamos a poner las botas!! Ya en el puerto de Nassau compramos langostas y pescado, y con la puesta del sol empieza el ritual culinario: preparar las langostas en la barbacoa y utilizar las cabezas para – al día siguiente – comernos un arroz  de pescado incomparable. Todo gracias a nuestro capitán, prodigio culinario  a bordo del Gran Azul.

Hacemos en Rose Island nuestra primera inmersión desde el barco, y la plataforma del dinghi de popa resulta ser una perfecta estructura para ubicar los equipos y las botellas de aire. Este mar Atlántico está plagado de peces, y en realidad son suficientes unas gafas y un tubo para admirar sus fondos coralinos y su diversidad animal. Además de encontrarnos con mantas rayas, peces loro, meros y muchos otros peces.. allí están las langostas que vimos en el mercado, escondidas entre las rocas. Así que la langosta se está convirtiendo poco a poco en una base alimentaria cotidiana, que Jordi pesca con facilidad.

Desembarcados a nuestros primeros invitados, seguimos rumbo hacia el Sur: las Exumas. El nombre de Bahamas proviene originalmente de “bajamar”, y es por ello necesario aquí practicar el “eyeball navigation”, es decir, siempre un guía en la perturberante proa del Bruce Roberts que vaya reconociendo los distintos colores indicadores de las profundidades para impedir que el barco embarranque. Estas oscilan entre 2 y 7 metros, así que la concentración de timonel y proel es decisiva. Después de un día de navegación recorriendo 40 millas, llegamos a Allen Cay. Se trata de un pequeño paraíso, estamos rodeados de planas islas alargadas, fondeamos entre dos de ellas y no hay nadie a la vista. Exceptuando las cientos de iguanas que nos esperan en la playa, y que al desembarcar con el dinghi se acercan a nosotros en busca de comida. Estos prehistóricos y ancestros animales nos observan impasibles con sus negros ojos, entre sorprendidos y anhelantes.  Y es aquí donde empieza la lucha por la caza del mero. David y Jordi bucean incansables con una  “jamaican sling”  para pescar al escurridizo mero que parece esconderse bajo una enorme roca. Después de varias horas de perserverancia, finalmente David llega victorioso al barco, clavado en su lanza un hermoso señor pescado. Este mero acabará cocido al horno con patatas, otro suculento manjar que añadir a la larga lista.

Desde estas 700 islas – de las que solamente visitaremos una pequeña cantidad en nuestra travesía a República Dominicana - ¡¡os deseamos Feliz Navidad a todos!!

Revista Club Náutico Vilanova
Febrero 2008

 

 

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